LA SIDRA Y LOS LAGARES

productores de sidra

El mosto o jugo de manzana tiene una densidad variable, que oscila entre 1.040-1.060 y está constituido por un 75-85% de agua y azúcares, sustancias ácidas (ácido málico, cítrico, etc.), tanino, pectina, nitrógeno, minerales, vitaminas (C, B2, A, D, B3, etc.) y enzimas en disolución.

La graduación alcohólica de la sidra dependerá, en proporción directa, del contenido total de azúcar en el mosto, debido a que durante el proceso de fermentación (proceso de índole química y microbiológica) el azúcar se transforma en alcohol etílico y anhídrido carbónico.

La sidra es una bebida que, en general, tiene un bajo grado alcohólico que oscila entre 5º y 6º y tiene un claro carácter refrescante lo que la hace particularmente deseable en verano y otoño.

Una bebida como la sidra eleva el tono vital, el tono afectivo y crea euforia corporal. Los procesos cognitivos bajo estas circunstancias mejoran: imaginación, asociación de ideas, empatía, locuacidad, etc.

Cuando la sidra es rica en tanino, su efecto es astringente, es decir, estriñe; de aquí su efecto útil en casos de diarrea. Se la ha recomendado en casos de reumatismo, obesidad e hipertensión (por sus efectos diuréticos en estos dos últimos procesos).

Su consumo moderado ejerce una función protectora del aparato vascular frente a la arteriosclerosis y evita la aparición de cálculos renales. Así, se ha comprobado en Inglaterra y Estados Unidos y en estudios epidemiológicos realizados por autores europeos y americanos, que el número de muertes por infarto de miocardio es claramente menor en los bebedores moderados de sidra que en los abstemios. La sidra previene el infarto de miocardio debido a su contenido en pectina.

Además, por su acción eupéptica ayuda a la digestión y corrige el mal aliento en aquellas personas que padecen afecciones gastrointestinales. Para el catarro, sea nasal o bronquial, se utilizaba la sidra porque su riqueza en vitamina A tonifica y fortalece los bronquios, limpiando las vías respiratorias.

Por último también se utilizó la sidra en la medicina popular en el tratamiento de la fiebre palúdica debido a su acción febrífuga. A finales del siglo XIX llegó a prepararse una sidra rica en hierro que tenía propiedades antianémicas.

La sidra siempre fue considerada entre los asturianos una bebida natural y sana, sin aditivos ni compuestos químicos.

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